La historia de la letra «ñ»

Una letra del alfabeto que es el emblema de toda una cultura. Una cultura que cruzó el Atlántico desde España para instalarse en el subcontinente americano, a veces adaptándose espontáneamente, más a menudo impuesta, pero ahora asimilada de forma natural. La historia de este símbolo se remonta a la Edad Media. Básicamente, está relacionado con la evolución que llevó del latín al nacimiento de las lenguas romances o neolatinas como el francés, el español, el portugués y, por supuesto, el italiano. A partir de aquí, la «ñ» se caracteriza por un sonido nasal y palatal (se pronuncia apoyando la lengua en el paladar).

Al principio, en un intento de ser lo más fieles posible al sonido, los monjes amanuenses crearon diversas variantes en sus textos, ya que aún no existía una uniformidad de escritura. En el siglo IX se impusieron tres variantes para la transcripción fonética: con una doble «nn», como en la palabra «anno»; con una «gn», como en la palabra «lignu» (madera); con una «ni» seguida de una vocal, como en la palabra «Hispania» (España).

Las tres variantes se utilizaron de forma arbitraria en los textos, lo que dio lugar a una gran confusión. El amanuense que inicialmente adoptó la variante «nn», cambió la transcripción, y comenzó a colocar una coma sobre la letra, dando forma al primer símbolo «ñ». No sólo fue una elección práctica, sino también económica. Era importante para aliviar el agotador trabajo de los monjes amanuenses, y también, como confirma el profesor Gómez Asencio de la Universidad de Salamanca, para ahorrar en el uso del papel de pergamino, un material especialmente caro.

No fue hasta la intervención del rey Alfonso X de Castilla, en el siglo XIII, cuando comenzó la transformación ortográfica, sentando las bases de lo que serían las primeras reglas del castellano, y optando por el uso del símbolo «ñ». El símbolo se extendió rápidamente, y en 1492 Antonio de Nebrija lo incluyó en la primera gramática del castellano. Pero también en las demás lenguas románicas el sonido en cuestión adquirió su propia identidad. En italiano y francés con la «gn» («Spain», «Pologne»), en portugués con la «nh» (Espanha») y en catalán con la «ny» («Espanya», Catalunya»). Pero también hay otras lenguas que han adoptado la «ñ»: en el territorio de la actual España encontramos el gallego, el asturiano (bable) y el eonaviego (una lengua de transición entre el asturiano y el gallego).

En América Latina, la «eñe» se encuentra en varias lenguas indígenas como el guaraní (hablado principalmente en Paraguay), el mixteco (actual México), el aymare (declarado lengua oficial en Perú y Bolivia), el quechua (hablado principalmente en partes de Perú, Bolivia y Ecuador), el zapoteco (México), el mapuche (entre Chile y Argentina) y el otomí (México). Esto se debe probablemente a que los pueblos indígenas adquirieron la «ñ» de los conquistadores españoles, ya que en aquella época las lenguas amerindias (lenguas nativas de América) no tenían escritura propia.

Por tanto, fueron los lingüistas del Reino de España los responsables de la escritura de las lenguas amerindias. Más allá de las fronteras del subcontinente americano, también encontramos la letra «ñ» en el chamorro de Guam (Estados Unidos), el tagalo y el chabacano (Filipinas), el bubi (Guinea Ecuatorial) y el papiamento de Curazao (isla perteneciente a las Antillas Holandesas).

Este «excursus geolingüístico» sobre la letra «ñ» ayuda a comprender que no estamos ante un simple signo fonético, sino ante un verdadero emblema de la «Hispanidad». Hubo un caso singular, a principios de los 90, que hizo saltar de la silla a toda la población iberoamericana (unos 400 millones de personas en aquel momento). Una «revuelta cultural» que surgió cuando la Unión Europea quiso apoyar la propuesta de algunos fabricantes de ordenadores, que necesitaban vender sus productos, es decir, ordenadores con teclados sin el símbolo «ñ».

Hasta entonces, España contaba con una normativa que impedía la venta en el país de productos informáticos que no tuvieran en cuenta las características del sistema gráfico español. Sin embargo, estas medidas fueron consideradas por la Unión Europea como proteccionistas y, por tanto, violaban los principios de la libre circulación de mercancías. Como era de esperar, la Real Academia Española (RAE) fue la primera en intervenir. En un comunicado de 1991, la RAE proclamó que estas medidas representaban un grave ataque contra la lengua oficial. Escritores de la talla de Gabriel García Márquez o la poeta argentina María Elena Walsh adoptaron una postura muy crítica ante las decisiones que iba a tomar la Unión Europea.

En 1993, el gobierno español respondió, poniendo fin a la disputa, con una ley basada en los Tratados de Maastricht y que prevé excepciones culturales. Tras una reacción inicial quizá un poco excesiva, incluso la RAE acabó restando importancia a lo sucedido. En realidad se trataba de una cuestión puramente comercial, ya que algunos fabricantes de ordenadores se habían dado cuenta de que no habían introducido el símbolo en sus teclados y querían comercializar sus productos de todos modos.

Sin embargo, la letra «ñ» sigue sin tener un camino fácil en el camino de la informática: basta pensar en que no es aceptada por los sistemas de correo electrónico, que no permiten el uso del símbolo «ñ» en la redacción de las direcciones.

Francesca Passini

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