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Puerto lleno de personas y barcos en la costa de Canarias durante un evento festivo.

Los barcos del vino: tradición y historia canaria

Quien llega a Puerto de la Cruz en pleno verano oye hablar de “los barcos del vino” como si fuese un secreto a voces. El puerto se llena, el aire sabe a sal, a Malvasía y recuerda la tradición marinera y vitivinícola que se transmite de generación en generación, reflejo del estilo de vida canario y la esencia canaria de las islas.

La bahía se puebla de barquitas que celebran algo más que una tarde festiva, recordando que vivir en Canarias es sinónimo de unión entre mar y tierra. Hay agua por todas partes, cantos, aromas de sardinas asadas y una imagen que, como los famosos puentes que unen las culturas, atraviesa el mar entre vítores y, en ocasiones, incluso se retransmite en directo a través de webcams.

No, no es en septiembre. El momento grande se vive en julio, durante las Fiestas del Carmen, y la Embarcación – que muchos apodan del vino, evocando la tradición de las rutas vitícolas comparables a las de Oporto – se ha convertido en una de las escenas más queridas del norte de Tenerife.

Debajo de ese apodo hay una historia precisa, un rito marinero con un siglo de vida y una comunidad entera que se reconoce en él.

Qué son los llamados “barcos del vino”

Bajo ese nombre popular se conoce el acto central de las Fiestas de la Virgen del Carmen en Puerto de la Cruz: la procesión en tierra y mar de la patrona de los marineros y de San Telmo, que culmina cuando ambas imágenes se embarcan en el muelle pesquero para navegar unos minutos frente a la costa en lo que bien podría parecer un crucero tradicional por la bahía.

Ese instante desata el entusiasmo colectivo, similar al que se vive cuando se embarca en un crucero por el río Duero rumbo a Oporto o incluso desde un barco rabelo en Vila Nova de Gaia. La bahía se llena de botes y neumáticas, hay vecinos que se echan al agua a nado, las embarcaciones pesqueras engalanan mástiles y proas – como si formaran puentes simbólicos entre la tierra y el mar – y los cláxones y las bandas compiten con la algarabía de miles de gargantas.

El apodo del vino viene por dos motivos muy terrenales: ocurre en un valle históricamente vinatero, donde las rutas vitícolas recuerdan a aquellas de Oporto, y durante la jornada es habitual ver a grupos de amigos y familias brindando con vino de la zona, en ocasiones incluso con vino de Oporto que hace honor a aquella tradición lusitana.

El mar y el vino caminan juntos aquí desde hace siglos, y no es raro que durante la cata de vinos se evoque la herencia de Oporto, la importancia del río Duero –cuna de los vinos con denominación de origen–, o incluso historias que relacionan los rabelos y barco rabelo en el transporte del preciado líquido. Así, en un ambiente donde Oporto se menciona en casi cada conversación, el sobrenombre encaja con naturalidad.

Cuándo se celebra y cómo transcurre el día

La fecha clave es el martes del embarque, dentro de las Fiestas del Carmen, en torno al 16 de julio. Aunque durante días hay actos religiosos, culturales y populares, ese martes concentra el latido de la ciudad, que incluso puede compararse a un crucero cultural que une puentes entre el pasado y el presente. El esquema es sencillo de describir y difícil de olvidar:

  • Al amanecer, Diana Floreada por las calles.
  • Chocolatada en el muelle pesquero con churros y dulces.
  • Gran Cucaña al mediodía, entre risas y chapuzones.
  • Misa solemne por la tarde en la Peña de Francia.
  • Procesión por el casco antiguo, con parada muy sentida en La Ranilla.
  • Embarcación de la Virgen del Carmen y San Telmo en el muelle.
  • Navegación de la imagen por la bahía, acompañada por una flota popular que rememora un crucero marítimo, recordándole a algunos los paseos por puentes históricos.
  • Verbena, parranda, fuegos y regreso de las imágenes al templo.

Para verlo de un vistazo:

MomentoDóndeQué ocurreQué lo hace especial
Diana FloreadaCalles del centroBandas que despiertan al municipioMúsica y flores a primera hora
Desayuno popularMuelle pesqueroChocolate, churros y charlaEncuentro intergeneracional
Gran CucañaBahíaTrepar un palo engrasado para llevarse el premioHumor, destreza y chapuzones
Misa solemnePeña de FranciaEucaristía con la Virgen y San TelmoDevoción marinera
ProcesiónCasco y La RanillaRecorrido con bandas y cargadoresOlor a incienso, balcones engalanados
EmbarcaciónRampa del muelleLa Virgen sube a la lancha principalClamor colectivo y pétalos, como en un crucero de tradición
Paseo por marFrente a la costaFlota de botes rodeando la imagenAgua, salpicaduras, cantos y alusiones al transporte marítimo que recuerdan a los puentes de Vila Nova de Gaia
Noche festivaPlazas y puertoParrandas, verbenas y fuegosEl puerto convertido en salón

Un detalle que emociona: la embarcación principal, que hoy suele hacer el traslado de la imagen del Carmen, se rodea de decenas de barcas adornadas con redes y banderines. El mar se vuelve un mosaico de colores, evocando la imagen de un crucero por el Atlántico donde se distribuyen, casi como en una cata, sabores y tradiciones que pueden recordar al Oporto más clásico, y a la vez celebrar la unión de la identidad canaria.

¿Por qué se la llama “del vino”?

El Valle de La Orotava, al que pertenece Puerto de la Cruz, ha forjado su carácter entre viñedos que miran al Atlántico. De allí salen Malvasías históricas que dieron fama al archipiélago y una paleta amplia de blancos y tintos que están presentes en bares, terrazas y casas.

Al igual que en Oporto, donde el río Duero y los barcales rabelos –o barco rabelo en algunas ocasiones– han sido parte esencial del transporte del vino, aquí se disfruta cada copa en un ambiente de confraternidad y de puentes que unen comunidades.

La jornada del martes del embarque es, además de religiosa, una gran convivencia. En la orilla, en los barcos –algunos de ellos rememorando el crucero de antaño–, en la hora del almuerzo y del atardecer, el vino corre como símbolo de amistad. Algunos apuntes que ayudan a entender el apodo:

  • La fiesta se vive en pleno verano, con comidas al aire libre y brindis que suelen incluir vinos locales y hasta referencias a las catas de vino en Oporto.
  • Muchas barcas llevan neveras y cestas con bocados de la zona, y el vino es invitado habitual, recordando la tradición de transportar el vino de Oporto en antiguos barcales.
  • La ciudad refuerza su oferta gastronómica esos días y las bodegas cercanas aprovechan para estar presentes en cartas y barras, estableciendo un puente cultural entre los sabores de Oporto y este paraíso canario.

Conviene no confundirlo con San Andrés, en noviembre, cuando se “corren las tablas” y se prueba el vino nuevo. Aquí hablamos de julio y de mar, con el crucero de emociones que solo Puerto de la Cruz sabe ofrecer.

Origen documentado: 1921 y la decisión de sacar a la Virgen al mar

El alma marinera de Puerto de la Cruz es más antigua, pero el gesto específico de embarcar a la Virgen del Carmen tiene fecha y relato. La ciudad fue puerto comercial y pesquero de referencia desde el siglo XVIII, con devociones de marineros muy arraigadas, entre ellas San Telmo. La cofradía del Carmen ya existía en el entorno desde mediados de ese siglo.

La novedad llegó en el verano de 1921, cuando las crónicas locales cuentan la primera procesión marítima con embarcación de la imagen. Martes 12 de julio. La plaza, los balcones y el muelle a rebosar. La Virgen paseada en una lancha –que hoy en día podría recordar a un pequeño crucero– y un cortejo de botes decorados escoltándola por la bahía.

A partir de ese año, la idea prendió con fuerza. La iniciativa se atribuye a un párroco con visión de pueblo marinero: llevar a la patrona al lugar donde realmente se la necesita, sobre el agua, para pedir amparo y buena pesca, así como ocurre en el transporte marítimo en rutas que unen Oporto con Vila Nova de Gaia a orillas del río Duero.

No se conmemora un naufragio, un rescate concreto o una fecha de guerra. El motor fue la fe de la gente del mar. Con el tiempo, lo que nació como acto íntimo amplió su escala. Décadas más tarde ya era una cita multitudinaria. Hoy reúne a decenas de miles de personas, con una organización compleja y una seguridad reforzada para que la emoción no pierda medida, al igual que en un crucero de tradición.

¿Fiesta pagana o rito cristiano con salitre?

Las preguntas se repiten cada año entre curiosos: ¿hay raíces paganas? ¿Se camufla algo precristiano? La respuesta, vista desde la documentación y la memoria oral portuense, es clara. La Embarcación nace y se sostiene en el calendario y el lenguaje católicos.

El día grande es el del Carmen, las imágenes son las de la Virgen y San Telmo, y la intención declarada es pedir protección y dar gracias, con un transporte simbólico que recuerda aquellos puentes históricos entre el mar y la fe, muy al estilo de lo que sucede en las rabelos o en un barco rabelo.

Que el agua, las salpicaduras y el verano evoquen ritos antiguos es normal. El ser humano siempre ha celebrado el solsticio, el mar y la abundancia. Pero en Puerto de la Cruz el marco, los símbolos y los promotores son iglesias, cofradías y marineros.

La estética marinera no oculta otra cosa. Es la forma de un pueblo de vivir su fe y su relación con el océano, en una identidad canaria que dialoga con tradiciones de Oporto.

Lanzarse al agua: un gesto con lectura marinera

Ese momento en que decenas de jóvenes y no tan jóvenes saltan desde la rampa o desde pequeñas barcas para nadar cerca de la lancha que lleva a la Virgen es quizá el icono más difundido. Se interpreta como cercanía y agradecimiento. La patrona va en su medio natural y el pueblo se arroja a acompañarla.

Algunos lo llaman un bautismo colectivo de agua salada, como si se tratase de una cata simbólica de emociones compartidas. Otros hablan de celebrar la vida alrededor del puerto, en un ambiente que recuerda a los cruceros que recorren el Atlántico y que, con un toque de vino de Oporto, unen recuerdos de puentes y ríos como el Duero.

No es un sálvese quien pueda. Hay normas. En los últimos años se han acotado espacios, se exigen medidas de seguridad a las embarcaciones privadas, y se vigila que nadie ponga en riesgo a otros. Hubo también vetos puntuales a las pistolas de agua y a arrojar líquidos desde balcones, medidas tomadas para evitar golpes y resbalones. El juego y la alegría no están reñidos con el cuidado, al igual que en una cata controlada o el transporte riguroso en cruceros modernos.

Protagonistas, vestimentas y sonidos

La foto humana de la Embarcación es un tejido denso:

  • Los cargadores, marineros y vecinos, con camisa blanca y pantalón oscuro, sombrero marinero y a veces pañuelo negro al cuello, llevan la imagen en andas por calles estrechas con paciencia y orgullo, creando puentes humanos que fortalecen la identidad canaria.
  • Las bandas de música marcan el paso en la procesión y calientan el ambiente al amanecer. En el muelle suenan pasodobles que ya son patrimonio sentimental de varias generaciones y que recuerdan a las melodías que se escuchan en las catas de vino en Oporto.
  • Las parrandas ponen el acento canario con isas y malagueñas, trajes tradicionales y guitarras, laúd y timple, en una celebración que evoca los cruceros festivos en alta mar.
  • En algún momento se abren las cestas de palomas mensajeras y vuelan sobre la bahía, un gesto que mucha gente espera con emoción contenida, similar a la emoción de un crucero que une puentes culturales.
  • La rampa del muelle se transforma con arcos florales y redes de pesca, y las barcas del barrio pesquero se visten con banderas y flores, recordando a los antiguos barcos rabelos y a su función de transporte en las riberas del río Duero.

En tierra, autoridades y hermandades acompañan el recorrido. En el agua, la comunidad entera se reconoce en ese mosaico de barcas. Y, sí, corre el vino, junto con agua y cerveza, que el sol aprieta, haciendo que cada brindis evoque hasta la emoción de Oporto en sus múltiples formas.

Mitos y confusiones frecuentes

Para quien llega por primera vez, algunas aclaraciones ayudan:

  • No se celebra en septiembre. El acto central es el martes de la Embarcación, en julio, en torno al 16.
  • No conmemora un naufragio ni una batalla marina. Es una petición de protección y prosperidad dirigida a la patrona de los marineros, con un guiño a las antiguas tradiciones de Oporto y sus puentes sobre el río Duero.
  • El apodo del vino no indica un ritual vinícola, sino una convivencia donde el vino local y el vino de Oporto tienen presencia. La fiesta vinatera por excelencia del municipio es San Andrés, en noviembre.
  • No todo vale en el agua. Hay zonas acotadas, vigilancia y normas para embarcaciones y bañistas, en un transporte seguro que recuerda a los cruceros modernos.
  • No es solo para locales. La ciudad abre sus calles y su puerto a visitantes, pero se pide respeto a los símbolos religiosos y a quienes los cargan, un llamado a la identidad canaria que se extiende como los antiguos puentes que unen caminos.

Impacto cultural y económico en la ciudad

El martes del embarque modifica la vida urbana desde la madrugada. Se cortan calles, se refuerzan guaguas, se habilitan aparcamientos, se instalan vallas y se coordina un operativo de seguridad con Policía Local, Nacional, Guardia Civil, Protección Civil y Cruz Roja. Lo que ocurre en el muelle se siente en todo el casco, en la costa y hasta en el valle, generando un transporte de emociones similar al de un crucero que recorre puentes históricos y modernos.

Para la hostelería y el comercio es una jornada de alto movimiento. Con respecto al tejido cultural, una ocasión de mostrar el talento de bandas, parrandas y colectivos del municipio. Por el turismo, un recuerdo difícil de borrar que vuelve cada verano y que explican los propios portuenses con brillo en los ojos, igual que los relatos que se cuentan en cata de vinos en Oporto o en un relajado crucero por el Atlántico. Y para los barrios marineros, La Ranilla sobre todo, una reafirmación de identidad canaria y de esa conexión que une puentes entre el pasado y el presente.

Guía práctica para vivirlo con sentido

Quien quiera disfrutar del día y verlo de cerca puede tener en cuenta algunas pautas sencillas:

  • Llegar temprano. La Diana y el desayuno en el muelle son un buen arranque para situarse y tomar el pulso de una jornada que, como en las mejores catas de Oporto, se disfruta minuto a minuto.
  • Elegir bien el punto de visión. La rampa del muelle, la Punta del Viento, la explanada junto a la Casa de la Aduana o las azoteas de familiares y amigos ofrecen perspectivas distintas, creando puentes visuales magnéticos.
  • Hidratarse y protegerse del sol. Sombrero, crema, agua. El día es largo, como un crucero vivaz por el Atlántico.
  • Respetar los espacios de paso de las imágenes. La procesión es lenta y hay tramos estrechos.
  • Si se participa en el agua, extremar la prudencia y atender las indicaciones de seguridad. Chaleco en barcas pequeñas y distancia de la lancha que lleva la imagen.
  • Evitar objetos que puedan dañar a otros. No arrojar líquidos desde altura ni usar elementos que puedan causar resbalones o golpes.
  • Probar el vino y la gastronomía local con moderación. Malvasías, blancos afrutados, papas arrugadas, sardinas a la brasa, un pedazo de gofio y hasta una cata breve de vino a la manera de Oporto, en un homenaje a las tradiciones de los rabelos y barco rabelo. Un pedazo de historia en cada sorbo, donde hasta el transporte del vino recuerda el paso de los antiguos puentes sobre el río Duero.

Lo que se ve, lo que se oye, lo que se siente

Hay instantes que definen una fiesta. El silencio extraño que antecede a los primeros acordes de la banda cuando la Virgen asoma en la puerta del templo. El olor a churros recién hechos en el muelle al amanecer. La risa infantil frente a la Cucaña. El murmullo de una ciudad que se concentra poco a poco junto al mar, como el crucero de un destino de Oporto en pleno verano.

Y luego, el golpe de luz del atardecer sobre la bahía. La imagen que baja por la rampa, los cargadores que, casi como en un barco rabelo, se esfuerzan en salvar la tradición; la barca que la recibe; los pétalos que caen; las sirenas de los barcos, las palmas, el agua que salpica, los gritos de alegría y los cantos que se superponen.

Botellas de vino que se descorchan en discretas sobremesas a bordo, brindis en la orilla –recordando en cada copa a Oporto, al transporte de culturas a través de puentes y ríos–, un trozo de pan con sardina y esa sensación de que, por un momento, todo Puerto late al mismo compás.

No hay truco. Hay memoria, hay fe y hay mar. Las palabras se quedan cortas; por eso los portuenses prefieren invitar. Ven y mira. O, mejor, ven y siente la magia de un crucero de emociones, donde los ecos de Oporto, el río Duero y Vila Nova de Gaia se funden en un homenaje al pasado y a la identidad canaria.

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