La leyenda de San Borondón en la historia marítima
Durante siglos, pescadores, pastores y pilotos juraron ver, al oeste de La Palma y de El Hierro, una tierra inmensa que un día se alzaba con contornos perfectos y al siguiente se desvanecía como si el mar la hubiera tragado. La llamaron Non Trubada, Encubierta, Inaccesible. Hoy la conocemos como San Borondón, una isla misteriosa que ha encendido la imaginación en el archipiélago de las islas canarias. Pocas leyendas han resistido tanto tiempo con tanta fuerza. Quizá porque, incluso refutada por la ciencia, sigue hablando de nuestra costumbre de mirar el horizonte y preguntarnos qué hay más allá, y de ello habla la leyenda de san borondón.
Un origen irlandés con sabor atlántico
La semilla de la historia germina en los monasterios irlandeses de la alta Edad Media. El abad Brandán de Clonfert, santo navegante para unos y héroe literario para otros, protagoniza la Navigatio Sancti Brandani, un relato hagiográfico que lo lleva por mares remotos, pruebas morales y visiones de islas dichosas. En esa travesía aparece una tierra serena, fértil, que se esconde y reaparece, nombrada por los copistas como isla de San Brandán. La fonética, ya en tierras hispánicas, transformó Brandán en Borondón y esa transformación amplió la fascinación por aquella isla misteriosa, fundiendo tradiciones celtas y ecos lejanos de Oriente.
No es un cuento aislado. Arrastra mitologías antiguas, desde las Hespérides y las Insulae Fortunatae de los clásicos hasta las imramas celtas, e incluso influencias de la cultura guanche, que complejizan el imaginario en torno a la identidad de las islas canarias. La silueta de la isla que huye y vuelve es una imagen que encaja con muchas tradiciones de mares de frontera, esos espacios donde la cartografía era todavía una promesa.
Con el avance de la colonización y del comercio atlántico, la leyenda se posa en Canarias. Se hace oral, entra en romances y se discute en púlpitos y tertulias. La población local la incorpora a su repertorio familiar con nombres propios: Encubierta, la que no se deja alcanzar, la que se adivina al caer la tarde desde el Golfo herreño o desde las cumbres de Garafía. Cronistas de prestigio, como Viera y Clavijo, la citan. Clérigos y eruditos del siglo XVIII, con Feijoo al frente, la someten a la mirada crítica del momento. Y aun así permanece, cambiando de acento a medida que cambia la lengua que la cuenta.
Merece mención su carácter atlántico. Desde Galicia hasta Irlanda se reconocen resonancias celtas. Y el nombre, con su música inconfundible, da un salto al otro lado del océano, donde asoma en topónimos americanos. La leyenda salió del claustro medieval y se hizo archipiélago, y luego océano entero.
Mapas, expediciones y decepciones
Hubo mapas. Muchos. Durante cinco siglos los portulanos medievales y renacentistas representaron tierras fantasma al occidente de África. En algunos casos, San Borondón aparecía como una octava isla bien trazada, con perfiles semejantes a La Palma. En otros, era un bloque amplio al oeste de El Hierro. Ingenieros y cosmógrafos de reputación la dibujaron convencidos de que estaba ahí, al alcance del primer gobernador que lograra clavar bandera.
Hubo también coordenadas y licencias reales. A finales del siglo XV, mientras se completaba la conquista de Canarias, varios pilotos portugueses y castellanos buscaron aquella sombra. Se multiplicaron los testimonios de avistamientos con descripciones de barrancos, pinares y montañas azules. En 157, la Corona autorizó una expedición dedicada a confirmar su existencia. Volvió con nada. En los siglos siguientes continuarían las tentativas, ya con la cartografía mejorada, también sin resultado.
Un puñado de fechas y nombres ayuda a tomar el pulso a esa querencia por encontrar lo esquivo:
- 1486, Fernão Dulmo organiza una tentativa hacia el oeste, convencido de que hay tierras por ganar.
- 159, Leonardo Torriani hace constar en su carta de Canarias la isla de San Borondón, bien localizada respecto a las Afortunadas.
- 157, una expedición bajo mandato de Felipe II parte con órdenes explícitas de comprobar la octava isla. Regresa con dudas y relatos cruzados.
- 1721 y 1732, el gobernador Juan de Mur y Aguirre impulsa nuevas búsquedas. Otra vez, mar y silencio.
- 173, Benito Jerónimo Feijoo, en pleno auge de la crítica ilustrada, reúne argumentos contra la veracidad de la isla.
- 1865, el británico Edward Harvey asegura haber desembarcado, aportando incluso dibujos y fotografías. Al contrastar sus pruebas, su prestigio se desploma.
¿A qué se debía esa persistencia? A una mezcla de deseo y de incertidumbre técnica. Porque también hubo errores. Antes del cronómetro marino era muy difícil establecer la longitud con precisión. Marinos expertos podían situar mal una costa conocida y jurar que habían tocado tierra nueva. Si, además, la atmósfera jugaba con la luz, el engaño resultaba convincente.
¿Qué vieron realmente? Espejismos, navegación y geología
La respuesta que ofrece la ciencia actual es clara: en las coordenadas atribuidas a San Borondón no hay ninguna isla emergida ni restos de un volcán que pudiera haber aflorado de forma histórica. Las campañas batimétricas y los estudios geológicos han mapeado con detalle el fondo marino del entorno canario. Se conocen montes submarinos, cordilleras fósiles, conos volcánicos apagados a miles de metros bajo la superficie. Ninguno cumple con las condiciones para haber sido, en tiempos humanos, una isla que aparezca y desaparezca.
Entonces, ¿por qué tantos ojos la vieron? Por la luz. En el Atlántico canario son relativamente frecuentes las inversiones térmicas y ciertas configuraciones de la masa de aire que generan espejismos complejos, conocidos en conjunto como fata morgana. Estos fenómenos proyectan, invierten y estiran la imagen de la costa real. Un mismo relieve puede multiplicarse en capas sobre el horizonte. Una isla ya existente puede parecer otra, flotante y lejana. En días de calma extraordinaria, la silueta de La Palma o la de El Hierro se deforma hasta volverse irreconocible para quien observa desde un ángulo poco habitual. Y al cambiar las condiciones meteorológicas, el cuadro se esfuma.
El factor náutico agranda la ilusión. Sin un método fiable para medir la longitud, el cálculo de la posición dependía de estima, corrientes y referencias visuales. Si se veía una masa de tierra donde el mapa no la esperaba, se asumía que era nueva. Si además el piloto no volvía a encontrarla, su relato se ajustaba con naturalidad a la idea de una isla huidiza que solo se dejaba ver de vez en cuando.
No faltaron voces críticas incluso en épocas de credulidad. Feijoo reunió testimonios y los comparó. Donde un capitán hablaba de bosques, otro hablaba de una llanura; donde uno daba rumbo noroeste, otro juraba a poniente. La suma le pareció una colección de quimeras y lo dijo sin rodeos. Su influencia abrió una senda escéptica que, con la oceanografía moderna, ha terminado por imponerse.
Aun así, la leyenda siguió viva. Porque a la gente le gustan los acertijos. Y porque nada impide que, un domingo de calima limpia, alguien vuelva a ver sobre la línea del mar una sombra que no esperaba.
Cronología mínima de un mito tenaz
Un resumen ayuda a ubicar los principales hitos documentales y culturales. La historia no es lineal, pero sí reconocible en estas paradas:
| Época o año | Referencia o hecho | Por qué importa |
|---|---|---|
| Siglos IX a XII | Circulación y copia de la Navigatio Sancti Brandani | Consolida el arquetipo de la isla venturosa que aparece y se oculta, asociada a un santo navegante. |
| Siglos XIII a XV | Portulanos mediterráneos y atlánticos incluyen islas occidentales | La cartografía mezcla geografía y tradición, y fija la expectativa de tierras por localizar. |
| 1479 a 148 | Tratado de Alcaçovas y reparto atlántico | Se habla de “islas por ganar”, una fórmula que legitima búsquedas y alimenta la imaginación. |
| 157 | Expedición aprobada por Felipe II | Punto alto de la ambición de hallarla de forma oficial, sin confirmación. |
| 159 | Torriani dibuja San Borondón en su carta de Canarias | Representación técnica de una geografía ya muy observada, pero aún permeable al mito. |
| 173 | Feijoo desmonta la ilusión con argumentos racionales | Inicio del rechazo ilustrado a la isla errante en ambientes cultos. |
| Siglo XVIII tardío | El mito se ridiculiza en crónicas de viajes | La cultura letrada gira hacia el escepticismo, la tradición popular lo sostiene. |
| 1979 a hoy | Canciones, obras, festivales y exposiciones recuperan la leyenda | La isla fantasma se convierte en símbolo cultural y se adapta a formatos contemporáneos. |
La cronología muestra una doble inercia: cuando la ciencia la da por acabada, el arte la rescata y la resignifica.
Una isla invisible que sí existe en la cultura, la leyenda de San Borondón
Mito que no se canta, mito que se empolva. En Canarias ha ocurrido lo contrario. La isla que se esconde dio versos, dio notas y dio escenarios. Los Sabandeños la llevaron al cancionero popular con un romance que aún muchos oyen de memoria. En La Laguna, un festival la convirtió en motivo unificador, conectando el acento isleño con otras músicas atlánticas de Irlanda y Galicia. En las tablas de teatro, San Borondón ha servido de horizonte dramático para historias de ambición, conspiraciones y sombras.
Esta fusión de creencias también se entrelaza con la cultura guanche, donde la tradición y el relato mitológico forman parte de la narrativa que explica el misterio de las tierras que se ocultan. La fotografía se dejó tentar por la metáfora: series expositivas que juegan con nieblas, contraluces y contornos imprecisos, como si cada imagen tratara de atrapar lo que por definición se escapa. Y no faltan las referencias en narrativa y poesía, donde la isla funciona como sinónimo de anhelo, de refugio o de desafío a la razón.
En lo cotidiano, el nombre se ha quedado a vivir. Para quienes deciden vivir en canarias, la leyenda de san borondón representa un vínculo con la esencia canaria, un recordatorio de la identidad canaria y una parte fundamental del estilo de vida canario. Hay rutas marítimas recreativas que lo usan, talleres escolares que lo emplean como puerta de entrada a la historia de la navegación, folletos culturales que invitan a mirar desde puntos concretos las posibles “apariciones” cuando la atmósfera regala un espejismo. Incluso fuera del archipiélago, el eco del topónimo viajó con marineros y migrantes y dejó huellas en América.
Lecturas útiles para hoy
Un mito con tantas vidas permite varias llaves de lectura. Estas cuatro ayudan a situarlo con provecho en el presente:
- Lectura histórica. San Borondón resume la tensión medieval entre texto sagrado, tradición oral y cartografía naciente. Poner en diálogo la Navigatio, los portulanos y las crónicas canarias explica cómo las creencias viajan, se adaptan y empatan con nuevos territorios.
- Lectura científica. La historia es un caso clásico de cómo la observación a ojo desnudo lleva a conclusiones equivocadas si falta método. Espejismos, errores de estima, ausencia de instrumentos para medir la longitud y el peso de la expectativa explican buena parte de los avistamientos.
- Lectura cultural. La isla es una figura que suscita creación. Desde músicas que tienden puentes atlánticos hasta artes plásticas que juegan con lo visible y lo invisible, San Borondón funciona como un motor estético y afectivo.
- Lectura educativa. Es una herramienta perfecta para trabajar pensamiento crítico en aulas y museos: evaluar fuentes, separar testimonio de evidencia, entender cómo la ciencia corrige la intuición sin anular la fascinación.
Hipótesis y señales, a la manera de un gabinete de curiosidades
Cuando se repasan las explicaciones propuestas a lo largo de los siglos, resulta útil ordenarlas con criterios sencillos. No todas valen lo mismo, ni responden a preguntas idénticas:
- Espejismos marítimos. Altamente plausible. Reproduce el patrón de “aparece y desaparece”, se apoya en fenómenos ópticos bien conocidos y encaja con avistamientos desde puntos altos en días muy claros.
- Confusiones cartográficas. Muy probable. Las siluetas de La Palma o El Hierro, deformadas por la atmósfera y observadas desde rumbos poco convencionales, pudieron ser tomadas por otra tierra. A ello se suma la imprecisión en la longitud antes del siglo XVIII.
- Islas efímeras por actividad volcánica reciente. Muy improbable. No hay evidencia geológica en la zona atribuida a San Borondón de erupciones capaces de levantar y hundir una isla en tiempos históricos. Los montes submarinos catalogados no cuadran con los relatos.
- Invención interesada. Presente en algunos casos. El ejemplo de Harvey y otros impostores muestra que el deseo de fama o de lucro también levanta islas. No explica el conjunto de testimonios, sí algunos episodios puntuales.
- Herencia mítica sin base empírica. Indudable como hilo de fondo. La leyenda bebe de arquetipos de islas venturosas y de tradiciones previas. Sirve para comprender la forma narrativa, no los picos de avistamientos.
Esta suma de factores ofrece una imagen coherente sin forzar la imaginación ni despreciarla.
Rutas, miradores y lecturas recomendadas
Quien visite Canarias con curiosidad por el tema puede combinar paisaje, archivo y música:
- Miradores donde se han “visto” sombras al oeste: La Peña y Jinama en El Hierro, El Time en La Palma, zonas altas de Garafía y Fuencaliente en días de cielo limpio. Algunos de estos miradores cuentan con webcams que permiten observar en directo los efectos de las condiciones atmosféricas y, a veces, captar la ilusión de la octava isla.
- Museos y archivos: fondos locales con mapas históricos, reproducciones de portulanos y cartas náuticas donde localizar la octava isla dibujada con convicción.
- Sonidos: el romance de San Borondón en versiones de grupos canarios, junto con repertorio gallego e irlandés que subraya el parentesco atlántico.
- Lecturas: ediciones modernas de la Navigatio Sancti Brandani, crónicas canarias del XVIII que discuten el mito y ensayos recientes sobre óptica atmosférica aplicada a la navegación histórica.
Pequeños rituales dan sentido a la experiencia. Madrugar para ver cómo el sol recorta las islas, llevar una copia de un mapa antiguo y compararlo con la costa real, anotar en una libreta lo que el ojo cree ver antes de consultar una aplicación meteorológica. Es un juego serio, que pone en contacto lo emocional con lo verificable.
¿Por qué nos sigue interesando?
Porque San Borondón reúne tres pasiones humanas. La primera, el gusto por los límites, esos lugares donde la certeza se vuelve porosa. La segunda, la atracción por las promesas, sobre todo cuando adoptan forma de tierra fértil al alcance de la vista. La tercera, la necesidad de contar historias que expliquen lo que no se deja domesticar.
Además, ofrece una enseñanza serena: la ciencia no viene a destruir el encanto, sino a darle nombre. Llamar fata morgana al espejismo no lo borra, lo sitúa. Del mismo modo, trazar en un mapa moderno lo que un piloto del siglo XVI describió con frases temblorosas permite apreciar su pericia y sus límites. Para quienes deciden vivir en canarias, esta fusión de mito y realidad se traduce en un componente esencial del estilo de vida canario y en la consolidación de una identidad canaria que trasciende lo cotidiano.
Cualquiera que haya pasado una tarde pendiente del horizonte conoce la sensación. El mar corta el aire como un filo limpio. En la distancia, una línea se separa otra. Un triángulo oscuro parece elevarse sobre la plata de la superficie. La razón dice que es La Palma proyectada en condiciones raras. La imaginación, que quizá hoy, justo hoy, San Borondón ha vuelto a mostrarse, también lo invita a soñar en directo. Ambas respuestas caben en la misma mirada. Y ese equilibrio explica que la octava isla, siendo invisible, siga tan presente.

